La escena que todos conocemos
Confesémoslo, porque negarlo sería una tontería: todos hemos visto esa escena, y muchos la hemos protagonizado. Una madre, agotada, le entrega el celular a su hijo pequeño para comprar diez minutos de paz. Diez minutos sin gritos, sin pataleta, sin el «mamá, mamá, mamá» que taladra el alma. Y funciona. Vaya si funciona.
El niño —que a esa edad ya maneja la pantalla mejor que uno el control remoto— queda hipnotizado. Colores que explotan, musiquita pegajosa, personajitos que corren, saltan, disparan, ganan monedas y vuelven a empezar sin descanso. La madre respira. El niño, aparentemente feliz, flota en un mundo donde siempre, siempre, está pasando algo.
Y ahí, justo ahí, en ese pequeño instante de paz doméstica, se está sembrando un problema que no da la cara hasta años después.
El daño que no se ve
Porque no nos engañemos: eso que parece un simple entretenimiento le está pasando factura al niño. A su vista, a su oído, a su cerebro en plena formación. Disminuye su capacidad de aprender. Y hay algo todavía más traicionero, algo que no sale en ningún estudio con letras grandes: sin darnos cuenta, le estamos enseñando que aburrirse es algo que debe remediarse de inmediato.
No se trata de culpar a las madres; bastante tienen ya con ser madres como para que además se les exija entretener a sus hijos las veinticuatro horas del día.
Cuando el libro pierde la pelea
Ese niño crece. Un día llega al colegio y le ponen un texto delante. Y entonces descubre que las palabras son la cosa más sosa del mundo. No hay colores chillones. No hay musiquita. No hay un personaje saltando ni una vocecita que le grite «¡excelente!» cada vez que acierta. Hay, nada más, palabras. Y las palabras, con toda su necedad, exigen algo que ya casi nadie practica: paciencia.
Leer una línea. Y luego otra. Recordar lo que decía el párrafo anterior. Conectar una idea con la siguiente. Y si el texto se complica, volver atrás, como quien retrocede en un camino para no perderse.
El libro, hay que decirlo con toda franqueza, no hace absolutamente nada por retenernos. No parpadea, no suena, no premia. Somos nosotros los que tenemos que poner el hombro. Y comparado con la velocidad de un juego de celular, ese esfuerzo puede sentirse como caminar en cámara lenta mientras el mundo entero corre a nuestro lado.
De las cartas a los emojis
Hubo un tiempo —no tan lejano, aunque ya parezca prehistoria— en que hablarle a alguien lejos no se resolvía con un audio de siete segundos ni con un pulgar arriba. Escribirle a una persona era, casi sin proponérselo, un pequeño ejercicio de literatura.
Y no hablamos solo de esas cartas de amor perfumadas, con corazones dibujados en los márgenes y promesas eternas. Hablamos de la correspondencia de todos los días: la de amigos, familiares, comerciantes, viajeros, soldados, enamorados y hasta enemigos que se escribían con más elegancia que muchos amigos de hoy. Había que escoger cada palabra. Ordenar las ideas. Explicar lo que uno sentía, sin atajos. Y sobre todo, había que darse el tiempo. Como decía Gabriel García Márquez, escribir bien es un acto de humildad.
Qué distinto es todo ahora, con los chats de hoy, donde una carita amarilla puede ahorrarse un párrafo entero de explicación, y una fila de emoticones ha ido reemplazando, poco a poco, a los adjetivos, a los verbos y hasta a ciertos sentimientos que antes se explicaban, no se pegaban.
No vamos a decir que un emoji no sirve; a veces dice más que mil palabras, como dice el dicho. El problema empieza cuando creemos que con eso basta. Porque mientras las imágenes nos permiten comunicarnos cada vez más rápido, las palabras —más trabajosas, sí, pero infinitamente más precisas— se van quedando sin trabajo, como el artesano frente a la fábrica. Y un idioma al que le vamos quitando palabras, tarde o temprano, se queda con menos cosas que decir. Ludwig Wittgenstein lo resumió de una manera que todavía escuece: los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.
Y es que esta carrera por la practicidad tiene un costo que casi nadie factura. Cada vez que cambiamos una frase completa por un ícono, cada vez que preferimos el atajo a la palabra exacta, le estamos quitando una neurona de vida al idioma. Porque el lenguaje no es solamente un medio para transmitir información fría; es también, y sobre todo, un instrumento de belleza. Es la diferencia entre decir «triste» y decir «desconsolado»; entre decir «bonito» y decir «arrebatador». Un idioma rico nos da matices para sentir con más finura, para pensar con más profundidad, para nombrar aquello que de otro modo se queda atrapado, mudo, en el pecho. Cuando reducimos el vocabulario a lo mínimo indispensable, no solo hablamos peor: pensamos peor, porque pensamos con las palabras que tenemos. Como decía Antonio Machado, se necesitan dos para hablar: uno para decir palabras, y otro para oírlas; y si esas palabras cada vez son menos, cada vez más pobres, algo se rompe también en la manera en que nos escuchamos unos a otros. La practicidad, cuando se convierte en obsesión, no simplifica la vida: la desangra, poco a poco, de toda su poesía.
Lo que dice PISA, sin anestesia
Y aquí no estamos hablando por hablar. Los resultados de PISA 2025 lo confirman con números fríos y contundentes. En el mundo entero se nota el deterioro: cuesta más comprender lo que se lee, cuesta más enfrentarse a textos largos, y cuesta muchísimo más cuando hay que relacionar información que aparece dispersa, aquí y allá, en distintas partes de una lectura.
De ahí nace esa expresión tan gráfica, casi cómica si no fuera tan preocupante: el «muro de las 400 palabras». No es que a la palabra 401 le explote algo en el cerebro. Es que, sencillamente, cada vez cuesta más sostener la atención cuando el texto deja de ser cortito, inmediato y en pedacitos.
Y en el Perú la cosa está mal de verdad. No estamos avanzando: estamos retrocediendo. Apenas el 42% de nuestros estudiantes alcanzó el nivel 2 o superior en lectura, frente al 69% del promedio de los países de la OCDE. Y en 2022 ese número había sido del 55%. Hagan la cuenta: en apenas tres años perdimos trece puntos. Trece. Como quien ve cómo se le va el agua de las manos y no puede hacer nada para retenerla.
Sería fácil, demasiado fácil, echarle toda la culpa al celular. Y no, PISA no demuestra semejante cosa. Hay un montón de factores detrás del rendimiento educativo, y sería una ingenuidad simplificar el problema. Pero sería igual de ingenuo hacernos los desentendidos y fingir que nuestra manera de consumir información no ha cambiado. Hemos pasado de leer a mirar. De seguir un argumento a saltar de estímulo en estímulo como quien cambia de canal sin parar. De quedarnos con una historia a deslizar el dedo buscando la siguiente, siempre la siguiente. Y quizá el problema real no sea que nuestros hijos ya no sepan leer, sino que les estamos poniendo cada vez más difícil el simple acto de tener paciencia para hacerlo.
La inteligencia artificial: bendición y trampa
Y ahora entra en escena la nueva estrella: la inteligencia artificial. Una maravilla, sin duda. Pero también —y esto hay que decirlo sin rodeos— una espléndida manera de no pensar.
Porque una cosa es pedirle que nos explique un texto que ya leímos y no logramos entender del todo. Y otra cosa, muy distinta, es entregarle el texto entero para que lo lea por nosotros y nos devuelva un resumen masticadito. En el primer caso, la herramienta le echa una mano al cerebro. En el segundo, sencillamente le hace el trabajo y lo manda a dormir.
PISA 2025 lo confirma: en el Perú, un 40% de los estudiantes admite usar la IA para resumir textos que debía leer él mismo. Cuatro de cada diez. No es un dato menor.
Por eso el asunto no es declararle la guerra al celular ni a la inteligencia artificial. Sería ridículo, como pelearse con el viento. El verdadero asunto —el que de verdad importa— es preguntarnos qué parte de nuestro esfuerzo intelectual estamos empezando a considerar, sin darnos cuenta, innecesaria.
Se puede educar la atención
Y aquí va algo que muchos padres olvidan: la atención también se educa. No nace hecha. Si desde chiquitos acostumbramos a nuestros hijos a llenar cada segundo de aburrimiento con una pantalla, no debería sorprendernos que, años después, un texto de cuatrocientas palabras les parezca una expedición al Amazonas, con machete y todo.
El juego ofrece colores, sonidos, movimiento y recompensa inmediata. El libro, en cambio, ofrece al principio nada más que unas manchitas negras sobre papel blanco, y la promesa —no siempre inmediata, hay que reconocerlo— de que detrás de esas manchas hay algo que vale la pena. Pero para descubrirlo hay que quedarse. Hay que aguantar. Como decía Jorge Luis Borges, de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es el libro, aunque sea, también, el más exigente.
No es el libro el que se volvió aburrido
Y quizá ese sea el verdadero problema que PISA nos pone delante, sin anestesia: no es solamente que nuestros estudiantes tengan dificultades para comprender lo que leen. Es que estamos criando una generación entera en un mundo que le compite ferozmente por su atención, minuto a minuto, notificación a notificación.
No se trata de quitarles la tecnología. Eso sería tan absurdo como prohibirles el agua. Se trata de enseñarles a no volverse esclavos de ella. Que jueguen, sí. Que miren videos, también. Que usen la inteligencia artificial cuando les sirva. Pero que, cuando sea necesario, sepan apagarlo todo y sentarse frente a una página en blanco —o frente a un libro— sin sentir que los mandaron a trabajos forzados.
Porque leer no es solamente reconocer palabras. Es detenerse. Es relacionar. Es imaginar, dudar, comprender y, sobre todo, pensar. Y si llegamos al punto en que nuestros hijos aguantan una hora entera frente a un juego sin pestañear, pero consideran una tortura leer cuatrocientas palabras, entonces el problema no es que los libros se hayan vuelto aburridos.
El problema, seamos honestos, somos nosotros. Nosotros les hemos enseñado, sin darnos cuenta, que todo aquello que no hace ruido, no se mueve y no entrega una recompensa inmediata, simplemente no merece su atención.